“En lo digital la información se vuelve universalmente accesible ya que se vuelve la transferencia instantánea y a bajo costo de datos electrónicos, que se mueven a la velocidad de la luz” dice Nicholas Negroponte en el libro “Ser digital”. En otra parte indica también que el espacio físico pasa a ser irrelevante y que el tiempo pasa a desempeñar un rol diferente. Por ejemplo, hasta hace poco el acceso a determinados libros solo se conseguía en bibliotecas particulares, de difícil acceso (por ejemplo en determinadas universidades de países europeos o norteamericanos). Sin embargo la digitalización hace que ese contenido sea de fácil acceso en cualquier lugar del mundo (por lo menos la tecnología permite que sea así, después hay que ver que resulta en la práctica).
Esa característica hace que cambie la relación de poder. Al estar un conocimiento particular limitado a un determinado espacio físico, controlando el espacio se controlaba el conocimiento. El poseedor del espacio físico tenía mucho poder. Al permitir la tecnología eliminar la limitación de espacio (distribución ilimitada y prácticamente gratis) el poder se diluye, se divide a la par del conocimiento que se esparce.
La economía de la escasez y del poder concentrado
El poder se origina en el monopolio del valor (por lo menos es una manera de definirlo). El valor viene dado a su vez, en un sentido, por el grado de utilidad de las cosas. Así cuanto más útil una cosa, más valor tiene quien la posee. Finalmente existe una relación entre la cantidad existente de un objeto (su oferta) y su utilidad para un determinado grupo de personas (su demanda). Cuantas más personas consideren útil un objeto y menos de esté este disponible, tanto mas valor (y más poder) tienen sus dueños. De esto se sigue que el poder se “diluye” entre cada una de las unidades que existen del objeto. Si tengo una única cosa y muchos la demandan, tengo un determinado poder. Si la cosa empieza a ser reproducida el valor se va distribuyendo entre toda la oferta. El valor (y consecuente poder) que tiene se diluye entre cada una de las copias. Visto en su conjunto el valor es el mismo, lo que cambia es como se distribuye.
Los átomos son relativamente difíciles de reproducir. Hay que conseguir materias primas de diferentes lugares, trasladarlas al lugar de producción y generar la infraestructura necesaria que permita la reproducción del objeto. También son difíciles de distribuir: los átomos tienen peso y volumen lo que los hace relativamente costosos de transportar (donde “costoso” es otra manera de definir “difícil”). Esto implica que producir y distribuir requiere de una importante inversión de recursos y la coordinación de complejos sistemas. Eso, junto con otras características del sistema, hace que el mundo de los átomos sea, en general, regido por oligopolios. Es decir, pocos vendedores.
En el mundo de lo digital la situación cambia. Si bien la producción sigue requiriendo de un esfuerzo (por ejemplo intelectual) para desarrollar un producto, una vez realizado su replicación y distribución es prácticamente gratuita e ilimitada. Tanto es así que los medios de reproducción y distribución se estandarizan y tienden a volverse abiertos: son lo que denominamos plataformas. Los productos digitales son generalmente expresiones intelectuales, formas de conocimiento o de información: escritos, fotos, videos. Como las plataformas permiten una replicación y distribución a muy bajo costo, ya no existen filtros que definan que puede ser reproducido o distribuido y que no. En el mundo de átomos no todo el mundo podía producir o distribuir su producto. Puedo escribir un libro y lograr publicarlo pero puede que nunca lo logre distribuir mas allá de una o dos librerías, por ejemplo. En el mundo digital esto cambia: a nivel de costos es prácticamente lo mismo reproducir y distribuir un best-seller que un libro que vende 10 copias
¿La economía de la abundancia y del poder descentralizado?
La fácil replicación del contenido digital permite la generación de un montón enorme de productos digitales. Los filtros existentes al comienzo de la elaboración que existían en el mundo de los átomos pierden relevancia: ahora cualquier producto puede ser “elaborado” y distribuido. Por eso se tiende a definir como una economía de abundancia. Sin embargo no todo es tan prometedor como parece.
Los átomos generan una oferta de bienes relativamente escasa respecto a su demanda. En los bienes digitales ocurre lo contrario: hay una relativa escasez de demanda respecto a la oferta. Puede que la tecnología permita que se publiquen infinidad de libros, pero la capacidad de los seres humanos de leerlos crecerá a una tasa mas baja. Es decir, existirán más libros de los que podremos leer. Y entre toda esa abundancia de oferta habremos de elegir donde invertir nuestro escaso tiempo.
Es así, que en el mundo digital también van a existir filtros, pero tenderán a situarse hacia el final del proceso de distribución y no al comienzo. De alguna manera tengo que poder filtrar los libros que me interesan entre los millones que existirán publicados. Es ahí donde estará el valor de los filtros. Y, lo mismo que en el mundo de los átomos, quienes controlen esos filtros tendrán mucho poder. Esta es una evolución natural e inevitable de los mercados.
Fijémonos, por ejemplo, en la creación de sitios web. Para publicar un determinado contenido, hace no muchos años bastaba saber HTML y agregarnos en Google para que, si era relativamente interesante, fuéramos leídos. Hoy en día debemos saber tecnologías de programación más complejas (PHP, MySQL y javascript, por ejemplo), no solo tenemos que aparecen en Google sino que de manera eficiente (mediante técnicas de SEO y, cada vez más, publicitándonos) y además tenemos que ser capaces de ser distribuidos en canales sociales (Facebook, Twitter, etc.). Todo esto actúa filtrando el contenido. Hoy si publicamos una web básica en HTML somos una aguja en el pajar. Estar en la página 100 de Google para una palabra clave es casi lo mismo que no estar (o es lo mismo que tener un producto y no poder colocarlo en ninguna góndola). Y si uno quiere estar más arriba las exigencias y los costos aumentan. Eso acrecienta la competencia, los mercados se “consolidan”, etc. Una cantinela que debería sonarnos familiar.
Creo que es importante entender que, si bien Internet implica un cambio radical en muchos aspectos de la economía y del mundo, hay muchas otras características que se mantienen. Algunas cosas parecen haberse eliminado porque estamos pasando una fase de transición: Internet y el mundo digital todavía no terminaron de desarrollarse. Una vez que lo hagan algunos aspectos familiares de la “obsoleta” economía de la “escasez” empezarán a manifestarse. Y si no somos conscientes de eso, corremos el riesgo de quedar mal parados o de sufrir una crisis importante. Por ejemplo, la teoría económica liberal clásica (Smith y Ricardo) sostenía que la demanda era ilimitada. Se creía que bastaba con producir algo para que se vendiera automáticamente. Sin embargo la crisis del 30 demostró que no era tan así. La absorción de la demanda sí podía tener límites. Con lo digital creo que puede pasar lo mismo. El momento en que estamos hoy es similar a la época de mediados del siglo XIX donde la revolución industrial estaba en plena expansión y no parecían existir límites a su crecimiento. Eventualmente estos llegaron. Y lo mismo va a ocurrir con Internet, donde además tenemos que tener más cuidado por que los ciclos actúan cada vez más rápido.

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